Entrevista a Robert Whitaker

Entrevista a Robert Whitaker

Recientemente, el periódico Diagonal ha publicado una entrevista que Entrevoces realizó a Robert Whitaker, el texto se ha titulado Los psicofármacos no son positivos a largo plazo. A continuación os dejamos la versión íntegra de esa conversación, cuya extensión es algo mayor que la editada. Disfrutadla.

Robert Whitaker es periodista y vive en Boston. Ha dedicado su carrera profesional a escribir sobre salud e investigación médica en diversos medios de comunicación norteamericanos. Sus reportajes para el Boston Globe le llevaron a ser finalista del premio Pulitzer de salud. En los últimos años, a partir de la publicación de sus libros Mad in America y Anatomía de una epidemia. Medicamentos psiquiátricos y el asombroso aumento de las enfermedades mentales (recientemente publicado en nuestro país por la editorial Capitán Swing), ha viajado por todo el mundo dando conferencias sobre los efectos de la medicación psiquiátrica a largo plazo y la influencia de la industria farmacéutica en los sistemas de salud y en nuestras vidas. Robert visita España para participar en el VII Congreso Mundial de Hearing Voices, que se celebrará en Alcalá de Henares los días 6 y 7 de noviembre, y para presentar la primera edición española de uno de sus libros.

¿Podrías contarnos de dónde surge tu interés en el campo de la salud mental?

Como sabéis, soy periodista. Me he dedicado a escribir sobre temas relacionados con la salud durante más de 20 años. Al principio no tenía un interés especial en el campo de la psiquiatría. Pero, en 1998, hice una serie de reportajes de investigación para el Boston Globe sobre casos en los que, mientras estudiaban la biología de la esquizofrenia, algunos científicos americanos produjeron daños graves a las personas que participaron en esos experimentos. Cuando estaba escribiendo estos reportajes, me encontré con dos investigaciones que realmente me sorprendieron.

La primera fue un estudio de la Organización Mundial de la Salud (OMS) que concluía que las personas con diagnóstico de esquizofrenia que viven en países pobres tienen mucho mejor pronóstico que en Estados Unidos y otros países ricos. ¿Cómo era posible? ¿Por qué vivir en un país rico implica que una enfermedad tenga un pronóstico peor?

En aquellos años yo pensaba que era muy importante que las personas con diagnósticos psiquiátricos estuviesen medicadas. Pero revisando los resultados de este estudio de la OMS descubrí que en los países pobres como India, Nigeria y Colombia se usa la medicación psiquiátrica de un modo muy diferente: solamente de manera puntual y por periodos cortos. En cambio, en Estados Unidos y en otros países del mundo occidental, se prescribe medicación psiquiátrica a las personas diagnosticadas de esquizofrenia para toda la vida.

También creía, por aquella época, que el tratamiento actual de la esquizofrenia era necesariamente mucho mejor que en el siglo pasado. Hasta que encontré la segunda investigación: un estudio realizado por profesores de la Harvard Medical School en 1994, cuyos resultados eran que la evolución de las personas diagnosticadas de esquizofrenia hoy en día no es mejor que hace un siglo y que en los últimos 20 años su pronóstico había empeorado. ¿Cómo podía ser?

Estas preguntas me motivaron a aceptar la oferta de escribir un libro para investigar por qué en nuestros días la evolución de las personas con diagnósticos psiquiátricos es tan mala en Estados Unidos y otros países ricos. Este libro se publicó unos años después con el título Mad in America.

¿Cuáles son las principales conclusiones que recogiste en este libro?

Mad in America es el resultado de una investigación bastante extensa sobre cómo hemos tratado en nuestras sociedades, a lo largo de la historia, a las personas consideradas “locas”. Normalmente muy mal, la mayoría de las veces con tratamientos muy crueles.

Pero la historia “oficial” nos cuenta que, a partir del año 1955, con la llegada del fármaco que nosotros llamamos Thorazine, y vosotros Largactil (clorpromazina), comienza una revolución en la psiquiatría: el inicio de la era de la psicofarmacología. Nos cuenta también que, desde entonces, todo ha sido progreso, porque tenemos psicofármacos cada vez más sofisticados para atender los problemas de salud mental. Y, como hemos visto, esto no es cierto.

Antes de que existiesen los psicofármacos, muchas personas con problemas de salud mental ingresaban en los hospitales psiquiátricos solo por un corto periodo de tiempo, y después salían. Haciendo una revisión de la literatura científica de la época para descubrir qué estaba pasando 10 años antes del descubrimiento de la clorpromazina, podremos comprobar que casi el 70% de las personas diagnosticadas de esquizofrenia que ingresaban en hospitales psiquiátricos eran dados de alta en un año o menos. Y que cinco años después, ese 70% seguía fuera del hospital y trabajando. Hay otro estudio de seguimiento que se hizo en los años cincuenta con una muestra de 100 personas con diagnóstico de esquizofrenia ingresadas en un hospital psiquiátrico; el 50% de ese grupo estaban fuera del psiquiátrico y trabajando cinco años después de su ingreso hospitalario.

La cuestión es que nos hemos olvidado de ese grupo de personas que se recuperaban y solamente conservamos la memoria de la gente que se quedó dentro de los psiquiátricos. Antes de la “revolución psicofarmacológica” había mucha gente que se recuperaba.

¿Entonces, si no fue la aparición de los psicofármacos como nos han contado, qué fue lo que motivó el cierre de las instituciones psiquiátricas?

Es cierto que mucha gente que había estado durante muchos años en hospitales psiquiátricos, una vez comenzaron a consumir clorpromazina se mostraban más tranquilos. Y que pareciesen más tranquilos a ojos de los profesionales y las instituciones, ayudó a que se confiara en que podrían vivir fuera del hospital.

Pero no es cierto que fuese el comienzo de la utilización de los psicofármacos lo que hizo posible el cierre de los psiquiátricos. Los hospitales psiquiátricos cerraron en países diferentes en épocas distintas, cuando la situación social hizo que los gobiernos desarrollasen políticas para tratar a las personas de otro modo distinto a como se estaba haciendo en los manicomios. No fue por los fármacos. Esa historia es un mito.

Por ejemplo, en los Estados Unidos, el cierre de las instituciones psiquiátricas no fue en 1955, cuando llegó la clorpromazina, sino en el año 1963, cuando una política de la Administración Kennedy impulsó la atención en la comunidad a las personas con problemas de salud mental. Para promoverlo, financiaron desde el gobierno federal el 50% de los costes de la atención a la salud mental de los estados que quisieran cerrar los hospitales y organizar el tratamiento a estas personas en la comunidad. Mientras, aquellos estados que siguieran teniendo una atención centrada en hospitales psiquiátricos tendrían que asumir el 100% de los costes de sus propios presupuestos. Ahí es cuando ocurrió el cierre de los hospitales psiquiátricos, no cuando aparecieron los psicofármacos.

Entre 1957 y 1958 se hizo una investigación muy importante en California con todas las personas que habían tenido un primer episodio de psicosis. Un grupo recibió clorpromazina y otro no. El grupo que no fue tratado con el fármaco salió del hospital psiquiátrico antes y en un porcentaje más alto con respecto a los que no habían recibido medicación.

Pero estos datos no se recuerdan porque no son parte del mito. Quiero dejar claro que antes de hacer esta investigación para escribir el libro Mad in America yo creía en ese mito, creía que era la verdad histórica. Pero después de revisar estos estudios, paso a paso, descubrí otra historia que no está oculta, sino que se encuentra presente en la literatura científica.

En tu último libro, Anatomía de una epidemia, recientemente publicado en nuestro país, haces referencia a los efectos de la utilización de fármacos psiquiátricos a largo plazo, ¿podrías hablarnos un poco sobre este tema?

En la década de los setenta, la psiquiatría americana produjo muchas investigaciones destinadas a probar si la utilización de psicofármacos mejoraba la evolución de las personas con diagnósticos psiquiátricos a largo plazo. Estos estudios demostraron que los fármacos producían beneficios a corto plazo. Pero revelaron también que, a largo plazo, las personas que fueron tratadas con fármacos no volvían a trabajar y tenían muchos más ingresos psiquiátricos. Esta evidencia suponía un problema: tenían unos fármacos que sí eran positivos a corto plazo, pero no a largo plazo. Era lógico que el campo de la psiquiatría pensara en ese momento que si la farmacoterapia funcionaba a corto plazo lo fuera a hacer también a largo, pero la investigación demostró que no era así.

Un grupo de Canadá publicó un artículo en 1978 que investigaba esta paradoja del efecto positivo de los fármacos a corto plazo, pero adverso a largo plazo. Plantearon que lo que ocurría era que el efecto que tenía la clorpromazina sobre el cerebro era bloquear los receptores de dopamina. La dopamina es un neurotransmisor muy importante para la actividad cerebral. Las vías dopaminérgicas son muy importantes en el cerebro. Los fármacos las bloquean y, para compensar ese bloqueo, el cerebro tiene que producir más dopamina y desarrollar más receptores dopaminérgicos. A largo plazo, el cerebro desarrolla hipersensibilidad a la dopamina, lo cual es un problema grave. Este fue un descubrimiento que no gustó nada.

¿Y todo esto se llegó a publicar?

Sí, claro. En los años ochenta se discutió mucho sobre este tema. Que los fármacos modificaran el cerebro de esa manera era muy problemático. ¿Qué iban a hacer? Era demasiado. Así que decidieron dejar de hablar sobre ello. Se silenció el tema.

Desde entonces se han realizado muchos estudios e investigaciones, y todas han arrojado resultados similares: las personas que no han tomado medicación, a largo plazo, evolucionan mejor que aquellas que sí lo han hecho. En los últimos años han aparecido nuevos estudios que han retomado la pregunta de 1978, y que se han dedicado a investigar el problema que supone la adaptación del cerebro a los fármacos y el desarrollo de más receptores dopaminérgicos.

Pero si ya se realizaron estudios en el pasado que confirmaban los efectos nocivos de los psicofármacos a largo plazo, ¿por qué se siguen utilizando? ¿Cómo es posible que los fármacos se sigan empleando de manera prolongada?

Hay dos razones. La primera es que los psiquiatras ven que los pacientes mejoran cuando les dan medicación. Cuando los pacientes, después de un tiempo, deciden abandonarla y regresan al psiquiatra, ¿qué creéis que piensa el médico? Que los problemas que presenta el paciente tienen que ver con el abandono de la medicación. Pero si buscamos en la literatura científica, encontramos que cuando se retira la medicación, los problemas que aparecen no se deben al regreso de la enfermedad, sino al hecho de que el cerebro ha estado expuesto al fármaco.

¿Quieres decir que esta exposición al fármaco y su retirada produce un síndrome de abstinencia como el que aparece con el consumo de cualquier droga?

Exacto. Pero los clínicos lo interpretan de otro modo: que cuando se quita la medicación, regresa la enfermedad. Esto no es verdad. Lo que aparecen son problemas derivados de la retirada de la medicación.

Los mejores resultados en personas que no han tomado medicación aparecen después de uno o dos años. No ocurren inmediatamente, llevan un tiempo. Así que puedes verlo solo cuando estás haciendo un estudio sobre el tema. Pero los médicos no ven a las personas que no toman medicación a largo plazo.

La segunda razón es que la medicación es “su producto”, ¿cómo van a decir que su producto no funciona a largo plazo? No se puede decir. Y tampoco se lo pueden decir a sí mismos. Por eso cuando aparecen este tipo de resultados, no les prestan atención.

Entendemos que has encontrado todos estos datos en las publicaciones especializadas, que tú no has hecho ninguna investigación, sino que simplemente has recogido los datos que existen en la literatura científica sobre el tema. Entonces, ¿por qué no se atienden esos datos? ¿Qué ocurre con esas investigaciones que hablan de que los resultados de la toma de psicofármacos a largo plazo no son buenos?

Esta es una pregunta fundamental. Esos estudios no están ocultos. En la mayoría de los casos se trata de investigaciones muy importantes financiadas por los gobiernos, por ejemplo por el NIMH (Instituto Nacional de Salud Mental Norteamericano). Las investigaciones más importantes, de estas que me estoy refiriendo, no son muy conocidas porque la APA (American Psychyatric Association) no las publica en sus textos: ni las cita, ni escribe sobre ellas. De manera que los médicos que estudian para convertirse en psiquiatras tampoco las leen. De este modo, los resultados de estas investigaciones se silencian.

Si empezaran a hablar de eso, a enseñárselo a sus alumnos, tendrían que cambiar sus prácticas, y el problema es que hoy día en Estados Unidos los psiquiatras no hablan con los pacientes, de eso se encargan otros profesionales, ellos solo prescriben medicamentos. Si se dedican exclusivamente a prescribir medicamentos, y los medicamentos no sirven, ¿qué van a hacer? No pueden hablar de esto.

En España, la popularidad del diagnóstico del TDAH (Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad) es más reciente que en Estados Unidos, pero su aparición ha provocado que empecemos a dar medicación a nuestros niños. ¿Nos puedes decir algo sobre esto?

Hace 20 años los psiquiatras europeos pensaban que los norteamericanos se habían vuelto locos con el tema del TDAH. Decían que el trastorno no era real y se preguntaban por qué estaban dándoles estimulantes a los niños. Pero actualmente, en Europa, han pasado dos cosas. Por un lado, la mayoría de los asistentes al congreso anual de la APA, uno de los más importantes, van gratis. ¿Quién paga los gastos de cientos de personas de todo el mundo para que asistan? Los laboratorios farmacéuticos. Cuando los profesionales llegan al congreso, escuchan a personas muy importantes de Estados Unidos hablar “científicamente” sobre el poder de la medicación para mejorar la vida de las personas, y la importancia de medicar a los niños para que puedan tener vidas mejores cuando sean mayores. Se encuentran con gente de Harvard, de Stanford, personas con mucho prestigio, y es fácil creer lo que dicen. Pero no saben que esas personas están siendo pagadas por la industria farmacéutica, que les da mucho dinero para mantener el negocio.

Por ejemplo, hay un hombre muy famoso que se llama Joseph Biederman, del Hospital General de Massachusetts, que fue una figura importantísima a la hora de expandir el mercado de los estimulantes para niños a nivel mundial. Hace 20 años empezó a publicar artículos, prácticamente uno cada dos semanas, en los que apoyaba la prescripción de medicación a los niños, y promulgaba la importancia de los fármacos para la mejoría de los pacientes. Sus artículos tuvieron mucha difusión en la comunidad científica. ¿Sabéis cuánto dinero le dieron a este hombre? Biederman estuvo relacionado con 24 farmacéuticas, todas las que producían medicación para el TDAH, y sólo una de ellas le dio 1.600.000 dólares… ¡y tuvo relación con 24! ¿Qué está pasando? La industria farmacéutica está pagando a personas muy importantes para que den información a favor de sus intereses. Por otro lado, los médicos que después del congreso de la APA regresan a su país, también reciben dinero de las farmacéuticas.

El TDAH es un negocio. Se trata de expandir un mercado a nivel internacional. En cada país las farmacéuticas han empezado a pagar también a personas de las universidades que corroboran los resultados de los estudios que les interesan. El problema es que la mayoría de la gente desconoce los resultados de los estudios sobre los efectos a largo plazo de los psicofármacos.

Existe un grupo del Servicio Navarro de Salud en España (Inchauspe y Valverde), que replicó la investigación bibliográfica concluyendo que, a largo plazo, era un error utilizar los fármacos con niños, y que había muy pocos niños que se beneficiaban a corto plazo de los mismos. Debemos usar ese tipo de medicación durante plazos muy cortos, y no en todos los casos de TDAH.

¿Quieres añadir algo más para terminar?

Que tenemos que cambiar. Estamos haciendo daño. Y hay que cambiar las guías clínicas porque no reflejan los resultados de la literatura científica: no reflejan la evidencia sino el interés comercial.